
Casualidad primero y pragmatismo después fueron los directos responsables de la inigualable relación existente entre el vino y la barrica.
Uno de los primeros problemas a los que hubo que hacer frente en los inicios de la historia del vino fue el de cómo mantener en el tiempo el zumo de uva fermentado ya que tendía a echarse a perder con facilidad. Desde los comienzos se utilizaron numerosos materiales y tipos de envase para su conservación y transporte (vasijas de cerámica, odres de cuero, envases metálicos de diversos tamaños, etc.) pero pronto quedó patente la idoneidad de la madera que acabó derivando en los primeros toneles -bastante más grandes que las actuales barricas-.
La experiencia a lo largo de la historia ha demostrado que la madera de roble es el mejor material con el que fabricar los envases que, por una cuestión puramente logística, acabaron siendo cilíndricos y abombados en su parte central con suficiente capacidad para transportar la mayor cantidad del preciado líquido en un principio y más tarde para traspasar al vino de forma óptima y en su justa cantidad la propiedades de la propia madera, de ahí que se fuera reduciendo en tamaño.
La particular forma de la barrica tiene que ver con su facilidad para que una persona pueda rodarla de un sitio a otro. Las tapas laterales no sobresalen y se encajadan dentro del cilindro a varios centímetros del borde lo que hace más sencilla la tarea de apilarlas para ser transportadas.
En la actualidad es estándar la barrica bordelesa de 225 litros, fabricada con madera de roble americana (Quercus Alba) o bien construida con roble francés (Quercus sessifolia, peduncolata, petraea y robur) aunque se está recuperando el uso del roble procedente del este de Europa. Para poder conseguir su forma tan característica es necesario secar las piezas de roble a la intemperie durante varios años para que los componentes dañinos para el vino sean eliminados por la acción del sol y de la lluvia; acto seguido se seca la madera en secadores especiales para que cualquier resto de agua se evapore y por fin, comienza la tarea artesanal de la construcción de la barrica.
En el ensamblado de las tablas (duelas) no interviene ninguna clase de goma o pegamento y tampoco clavos o tornillos. La barrica se construye presionando unas duelas con otras con el único tope que proporcionan los aros metálicos exteriores. Para conseguir el abombamiento del centro es necesario tostar la parte interior y mojar la exterior. La flexibilidad natural de la madera y la maña del tonelero harán el resto. El tostado tiene la función añadida de imprimir a la madera un toque que pasará más tarde al vino y que será más evidente cuanto más prolongado y fuerte sea el tostado.
La barrica tiene por tanto dos funciones fundamentales, la de almacenaje y optimizadora del proceso de envejecimiento aunque hoy en día con las posibilidades que ofrece la técnica, la función de la barrica, más que para almacenar el vino (cosa que hacen perfectamente los grandes toneles de acero inoxidable) es la de conseguir un perfecto envejecimiento.
Como ya hemos mencionado, el camino ha sido largo hasta llegar a la actual barrica de roble bordelesa. De entre todos los materiales, la madera de roble es la que aporta al vino las mejores cualidades. Se trata de una madera flexible y casi impermeable por lo que no deja pasar a través de sus microporos demasiada cantidad de oxígeno que podría arruinar el caldo y además no se pierde demasiada cantidad de líquido en el proceso.
Por un lado, entonces, en la barrica de roble el vino se oxida muy lentamente y por otro, en el tiempo de crianza hay tiempo suficiente para que la madera aporte al vino aromas muy característicos.
Los vinos tintos, al pasar por la barrica, se suavizan y aterciopelan adquiriendo por el camino aromas que recuerdan a la madera (cedro, virutas de lapicero), especias (vainilla, clavo, pimienta, nuez moscada) y toques caramelizados, a humo y frutos secos provocados por el tostado de la madera. Siendo más precisos, cuando se la barrica es de roble americano los vinos recuerdan al coco y son más untuosos y menos secos que los envejecidos en barricas de roble francés, aunque éstas últimas aportan aromas más especiados y son mucho más respetuosas con el carácter original del vino.
En definitiva, un proceso casi mágico que transforma vinos fuertes, duros, rasposos y de corta vida se transforman en caldos redondos y equilibrados a la vez que llenos de sutiles aromas.